La primera cucaracha

“Cuando uno ve una cucaracha, probablemente haya más”, advirtió Jamie Dimon, presidente de JPMorgan Chase, en octubre de 2025, al comentar la aparición de problemas crediticios en un segmento del mercado. Una cucaracha puede ser solamente una cucaracha, pero también puede ser la primera evidencia visible de muchas otras que aún no vemos. Aplicada a la conducta humana, la metáfora exige una distinción: las cucarachas son señales, no son personas. Una denuncia ignorada o un silencio cómplice no prueban por sí solos la existencia de un problema mayor. Sin embargo, sí obligan a preguntarse si estamos ante un hecho aislado o ante la manifestación de algo más profundo.

Cuando conocemos de una conducta de maldad extrema, buscamos características personales extremas que puedan explicarla. Si quienes abusan o deshumanizan son de una crueldad extrema, entonces ellos son los distintos. Nosotros jamás haríamos algo semejante. ¿Será posible, entonces, que personas normales puedan llegar a tolerar o cometer actos inadmisibles? Philip Zimbardo abordó esa inquietante pregunta en El efecto Lucifer. No basta entonces con mirar a las personas. Hay que mirar también la situación y el sistema que las rodea. Los sistemas crean situaciones que pueden favorecer o inhibir determinadas conductas, sin eliminar por eso la responsabilidad de cada uno por sus actos.

La psicología social ofrece algunos estudios canónicos que deben leerse con cautela, pero que ayudaron a formular preguntas decisivas sobre nuestra conducta. El asesinato de Kitty Genovese, en Nueva York en 1964, impulsó los estudios sobre el “efecto espectador”. La versión periodística inicial sostuvo que 38 vecinos observaron pasivamente cómo la asesinaban; investigaciones posteriores mostraron que esa versión no se sostiene. Los estudios que siguieron identificaron mecanismos relevantes: ante una situación ambigua miramos alrededor para decidir cómo reaccionar. Si nadie hace nada, podemos concluir que nada grave sucede. Y si muchos otros podrían intervenir, podemos pensar que alguien más lo hará. 

También en los sesenta, Stanley Milgram, de la Universidad de Yale, mostró cómo personas comunes estuvieron dispuestas a aplicar lo que creían descargas eléctricas dolorosas porque una autoridad les indicaba que continuaran. La autoridad puede llevarnos a concentrarnos en cumplir instrucciones y a relegar nuestro propio juicio. Volvemos a desplazar la responsabilidad.

Zimbardo exploró un tercer mecanismo en su controvertido experimento de la prisión de Stanford. Seleccionó a 24 estudiantes y les asignó aleatoriamente los papeles de guardias y presos. Algunos guardias cometieron abusos en un entorno permisivo. Investigaciones posteriores encontraron que integrantes del equipo los alentaron a actuar con dureza. El experimento no llega a demostrar que asumir un rol baste para producir crueldad.

Los tres casos tienen distintas fortalezas como evidencia y plantean distintas preguntas complementarias: qué hacemos cuando otros callan, cómo respondemos ante la autoridad y qué conductas permite o incentiva una institución. Por eso, cuando aparece una conducta grave, no basta con mirar a quien la cometió. Evitar que se repita implica examinar también las condiciones que la hicieron posible (sin confundir explicación con disculpa). 

La responsabilidad puede imaginarse como círculos concéntricos. En el centro están los transgresores. El segundo círculo lo forman quienes están alrededor. Pueden alentar, callar o intervenir. No son responsables de los actos de otros, pero sí de su propia respuesta. A veces, la intervención de una sola persona puede interrumpir la agresión o animar a otros a actuar. El siguiente círculo corresponde a quienes tienen autoridad. Su responsabilidad es grande porque ya no basta con no participar. Lo que para un testigo puede ser una oportunidad de intervenir, para una autoridad es una obligación. 

En el siguiente círculo, están las instituciones. En ellas se decide qué conductas se premian, cuáles se castigan y qué ocurre cuando alguien denuncia. Una institución también educa mediante aquello que tolera. Y, finalmente, están las familias y la sociedad, en donde aprendemos desde niños qué significa pertenecer y qué significa reconocer la dignidad del otro. Estos círculos no son de responsabilidades equivalentes pero sí se retroalimentan. La responsabilidad de cada cual depende de lo que hizo, de lo que sabía y de lo que estaba en posición de hacer. Las grandes transgresiones son infrecuentes y no nacen de la nada: personas, situaciones y sistemas interactúan todo el tiempo.

Levantar la voz, hablar, decir “no lo hagas” puede parecer un acto sencillo, pero puede servir para detener una conducta a tiempo. Además nos entrena en la capacidad fundamental de no callar. Quien aprende a no callar cuando se siente afectado queda mejor preparado para intervenir cuando el afectado es otro. Quien aprende a intervenir cuando el afectado es otro estará mejor preparado para reportar una inconducta cuando sea necesario. 

No todas las situaciones tienen la misma gravedad ni exigen la misma respuesta. Lo importante es reconocer un límite y expresarlo. Primero dejamos pasar una broma. Después resulta más fácil dejar pasar la siguiente. Nadie dice nada. Quizá estamos exagerando. Quizá no nos corresponde. Quizá alguien más lo hará. Y poco a poco aquello que inicialmente nos incomodaba comienza a parecernos normal. En el extremo, podemos llegar a deshumanizar al otro y a perder nuestra brújula moral.

Encontrar una transgresión extrema no significa que necesariamente haya más. Una transgresión tampoco demuestra que exista una cultura de abuso.  Sin embargo, tampoco tenemos que esperar a encontrar más cucarachas para preguntarnos qué está ocurriendo. Algunos abusos graves vienen precedidos de transgresiones menores toleradas, responsabilidades eludidas y silencios compartidos. 

La primera cucaracha no demuestra que el edificio esté infestado, pero sí nos dice que es hora de mirar.

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