Pensemos por un momento, querido lector, que nos damos cuenta de nuestro sobrepeso, tomamos conciencia de las consecuencias negativas que este tiene para nuestra salud y decidimos seguir una dieta especial. Al inicio es relativamente sencillo cumplirla, pero no tenemos resultados rápidos ni evidentes. Así, nos toca cruzar primero la temporada de los turrones de Doña Pepa, luego la de los panetones y finalmente la de los helados del verano. Es muy difícil resistir a tantas tentaciones. Quizá la mejor política sea mantenerse lejos de las tentaciones, lejos de turrones, panetones y helados. Fuera de la vista, fuera de la mente.
“Puedo resistir todo, menos las tentaciones” es una ingeniosa frase que Oscar Wilde pone en boca de uno de sus personajes en su primera comedia, El Abanico de Lady Windermere, un éxito a finales del siglo XIX. La frase contiene una observación muy aguda sobre cómo somos y decidimos. Saber lo que uno quiere hacer en el futuro no necesariamente implica que, llegado el momento, hagamos lo que queríamos hacer. Una decisión que hoy consideramos correcta mañana puede parecernos menos atractiva porque nuestras preferencias no son tan estables como creíamos. Tranquilamente actuamos distinto de lo que nosotros mismos esperábamos. No necesariamente es un problema de racionalidad ni de carácter. Tiene que ver, más bien, con el tiempo y las circunstancias.
Esta situación en la que una decisión que resulta óptima desde la perspectiva inicial deja de serlo cuando llega la hora de ejecutarla es lo que los economistas denominan “inconsistencia temporal”. Es un fenómeno común. Ocurre cuando decidimos hacer ejercicio regularmente, para luego quedarnos entre frazadas, o cuando, sabiendo que debemos dormir más y mejor, encontramos alguna justificación perfectamente válida para ver un episodio más. Nuestras decisiones de largo plazo no conversan bien con las de corto plazo. Los beneficios inmediatos pesan demasiado. Nuestro yo de largo plazo se distancia psicológicamente de nuestro yo del presente. Muy fácilmente nos convencemos de que ya nos arreglaremos después.
Por ello, a veces, la mejor manera de ejercer nuestro juicio y nuestra libertad es limitar anticipadamente las opciones que tendremos después. El filósofo Jon Elster desarrolló esta idea a partir de la historia de Ulises, quien pidió ser atado al mástil para poder escuchar el canto de las sirenas sin sucumbir a él. Esta idea de compromiso previo se conoce también como un “Contrato de Ulises”: un mecanismo mediante el cual uno decide libremente limitar la libertad de su yo futuro.

El ahorro previsional ofrece otro buen ejemplo. Un joven sabe perfectamente que, con alta probabilidad, llegará a ser mayor y que en ese momento necesitará contar con recursos para subsistir. Ahorrar es lo más sensato. No obstante, el dinero disponible tiene un valor inmediato, mientras que el beneficio de ahorrar queda lejos de nuestra experiencia cotidiana a pesar de que el joven de hoy y el jubilado de mañana son la misma persona. Esta característica es la que justifica el componente obligatorio del ahorro previsional. Reconociendo que nuestras preferencias intertemporales pueden ser inconsistentes, se restringe deliberadamente al yo del presente para proteger al yo del futuro. Contra nuestra intuición, tener menos opciones en lo inmediato nos permite alcanzar mejor aquello que deseamos.
La macroeconomía traslada este problema de la inconsistencia temporal desde las decisiones individuales hacia la política económica: una política considerada óptima cuando se decide puede no parecerlo al momento de ejecutarla, y los agentes económicos pueden tomar ello en cuenta al momento de decidir. Es el problema de las reglas versus la discreción. Se trata de lograr que el compromiso con una política que hoy consideramos óptima siga siendo creíble cuando llegue el momento de aplicarla.
El Banco Central de Reserva del Perú ofrece un ejemplo muy claro de esta lógica. El artículo 84 de la Constitución establece la autonomía del Banco Central dentro del marco de su Ley Orgánica y señala que su finalidad es preservar la estabilidad monetaria. El mismo artículo establece también que el Banco tiene prohibido conceder financiamiento al erario, salvo la compra, en el mercado secundario, de valores emitidos por el Tesoro Público dentro de los límites que señala su Ley Orgánica. Este artículo es el núcleo constitucional de lo que es, en esencia, un “Contrato de Ulises”: contribuye a proteger al Banco Central frente a presiones políticas, establece de antemano límites al financiamiento del erario aun cuando no conozcamos si habrá dificultades fiscales y, al hacer creíble ese compromiso, ayuda a crear las condiciones para anclar las expectativas de los agentes económicos. El “Contrato de Ulises” del artículo 84 de nuestra Constitución Política cierra la puerta a utilizar al BCRP como fuente directa de financiamiento.
La misma estructura aparece, por tanto, en niveles muy distintos: desde el que decide hacer dieta o ahorrar, hasta los arreglos institucionales que promueven la estabilidad. En cada caso se utiliza la libertad de hoy para protegernos de nuestras decisiones cuando cambien las circunstancias. Un “Contrato de Ulises” es una forma de prudencia que no descansa en nuestra fuerza de voluntad, sino en que nuestra voluntad tenga menos que resistir. Quizá por eso la intuición de la tradición ignaciana conserva tanta fuerza: quien se aleja de la tentación, se aleja del pecado.