
Hace algunas décadas viajaba en avión con el jefe de seguridad de mi oficina, un excomando del ejército formado en entrenamiento extremo que sirvió en años difíciles de nuestra historia. Durante el descenso noté algo extraño: me pareció que estaba más tenso que lo normal. Pensé que se trataba de alguna amenaza. Cuando le pregunté qué estaba pasando, me dijo que no le gustaban los aterrizajes. ¿Qué clase de comando se pone tenso con un aterrizaje?, pensé. Sin embargo, luego me explicó que prefería bajar por su cuenta, que como paracaidista se sentía en mejor control de la situación bajando solo, que siempre había preferido el paracaídas antes que confiar plenamente en que otro aterrizara.
Ocurre que hay una diferencia importante entre saltar de un avión y aterrizar como pasajero en uno. Una cosa es controlar un sistema, y otra muy distinta, confiar en uno. Un paracaidista no desconfía necesariamente del avión, pero confía más en el paracaídas porque, en ese caso, él es el sistema. En el avión, es pasajero de las decisiones de otros. Es un tema de agencia versus dependencia.
Esta anécdota sirve para pensar en algo que suele discutirse con demasiada ligereza en nuestro debate público. Me refiero a las Reservas Internacionales Netas (RIN) del país. Cada cierto tiempo reaparece la idea de que el Estado debería usar las RIN para financiar gasto público o impulsar proyectos. A simple vista, la idea parece razonable: si el país tiene recursos guardados, ¿por qué no utilizarlos?
El problema es que las reservas no están en una piscina llena de monedas disponibles para gastar. Igual que los paracaídas, son una parte integral del sistema de seguridad financiera de la economía. El Banco Central las usa para amortiguar tensiones financieras y reducir la volatilidad del tipo de cambio. Su verdadero valor aparece cuando el sistema recibe choques y enfrenta condiciones extremas. Sin embargo, a diferencia del paracaídas, que se abre una sola vez, las RIN trabajan todo el tiempo: son como las cuerdas que se tensan y se sueltan durante todo el descenso, no solo en el momento del salto.
En América Latina las crisis suelen llegar por causas fuera de nuestro control: una pandemia, el fenómeno El Niño, un alza brusca en el precio del petróleo, una caída en el de nuestras exportaciones o un aumento repentino de las tasas internacionales. Cuando eso ocurre, los dólares empiezan a escasear, el tipo de cambio sube, los precios suben, y la economía empieza a encogerse. En el Perú conocemos muy bien esta secuencia.
Hoy el país enfrenta episodios de este tipo desde una posición muy distinta precisamente porque el Banco Central dispone de Reservas Internacionales Netas importantes. Las RIN también generan confianza en los inversionistas y los propios ciudadanos, que observan su nivel como una señal de fortaleza. Un país con Reservas Internacionales Netas significativas, al reducir su vulnerabilidad externa, puede financiarse en mejores condiciones.
Esa es la función de las RIN: gestionar los tiempos, posibilitar ajustes paulatinos y reducir la probabilidad de que una turbulencia externa destruya nuestros ahorros y nuestros empleos. No son recursos discrecionales del gobierno. Son la diferencia entre ser pasajero de una crisis y tener control sobre cómo se amortigua el golpe.
No obstante, el problema empieza justamente allí: en asumir que las reservas son dinero ocioso. Otros dirán que tenemos más paracaídas que pasajeros. Sin embargo, esa objeción asume que sabemos cuántos pasajeros subirán en las próximas escalas y que la turbulencia será siempre predecible. No se trata de recursos inmóviles esperando ser usados. Son parte activa y fundamental del sistema monetario del país.
Confundir RIN con recursos fiscales es un error conceptual grave, y también uno institucional, pues usarlas implicaría violar la autonomía del BCRP. Recordemos que, por nuestra Constitución, el Banco Central está prohibido de conceder financiamiento al erario. En política económica, es muy peligroso confundir un mecanismo de estabilidad con una fuente de financiamiento. Usar las reservas para gasto público es equivalente a vender la tela de los paracaídas en pleno vuelo. Sin embargo, esta mala idea reaparece una y otra vez.
Estas propuestas son recurrentes, en parte, porque los sistemas de seguridad son víctimas de su propio éxito. Cuando funcionan, las crisis no ocurren o se amortiguan. Y cuando las crisis no ocurren, el seguro empieza a parecer innecesario. Mantener reservas tiene un costo de oportunidad real, pero ese es el precio del seguro. Se paga precisamente cuando no estamos en medio de un siniestro.
Nadie sabe cuándo llegará la próxima crisis ni qué tamaño tendrá. Justamente por eso el Banco Central administra las RIN buscando la mayor seguridad. Porque la diferencia entre un aterrizaje tranquilo y una desgracia no está en si queremos usar los paracaídas. Está en si los tenemos, y funcionan, cuando realmente hacen falta.