Las sillas vacías

Como es mi costumbre, he llegado unos minutos antes. Estoy sentado en la sala de reuniones del ministro de Economía y Finanzas, la que está exactamente al lado de su oficina, en el mismo lugar en el que, décadas atrás, se tomaban decisiones en circunstancias muy distintas. Me he sentado, además, en la misma silla en la que me sentaba en los noventa. Hay cosas que no han cambiado nada.

Y entonces, casi sin darme cuenta, las sillas vacías empiezan a poblarse. No en el sentido literal, por supuesto, sino en la memoria. En esas mismas sillas vacías, se sentaban el ministro Jorge Camet, Roberto Abusada, Fritz Du Bois, Renzo Rossini, entre otros como Alfredo Jalilie y Rosario Almenara. Por algún motivo que seguro tiene que ver con esos equilibrios que minimizan fricciones, cada uno ocupaba siempre el mismo sitio, con su estilo, con su voz.

En las reuniones en las que participé, me sentaba en la primera silla a la derecha del ministro. Esa silla era la que usualmente permanecía libre. Sentarse allí no era nada para sentirse halagado; no era de ninguna manera un lugar de privilegio. En realidad, era la peor ubicación de la mesa. El ministro fumaba y el humo iba directo hacia quien estuviese sentado en esa silla. Eran otros tiempos. Las discusiones más delicadas se llevaban a cabo como si el aire cargado de humo fuese parte natural del proceso.

Las discusiones sobre las reformas en el sector financiero eran amables e intensas a la vez; el margen de error era muy estrecho y el contexto adverso. Éramos un país todavía en reconstrucción y con una economía frágil. Cada decisión tenía que ser muy bien pensada en varios niveles. La posición técnica debía ser absolutamente compatible no solo con los resultados deseables, sino con la reforma políticamente viable y capaz de ser ejecutada por la institucionalidad disponible.

Cuando llega el ministro Álex Contreras, ve que estoy pensativo; debí tener tal cara que me preguntó qué pasaba. Le comenté que esa mesa me trae muchos recuerdos y que estaba pensando en quienes solían estar en las reuniones en que participé, hace ya más de treinta años, y que algunos ya habían fallecido. Me pregunta en qué año fue eso. Le digo que en 1993. Sonríe ligeramente y me dice: “ese año yo estaba todavía en primaria”. Este intercambio breve denota una distancia generacional enorme. No es solo una diferencia de edad. Es bastante más que eso.

Sartre, en El ser y la nada, cuenta una escena parecida, alguien entra a un café buscando a Pierre. Recorre el lugar con la mirada. Las mesas, las sillas, la gente. Todo está ahí, pero Pierre no. Y, sin embargo, no es que primero vea el café y luego note la ausencia de Pierre. Es al revés: la ausencia de Pierre reorganiza toda la escena. El café entero queda, de alguna manera, definido por esa falta. Algo similar ocurrió en esa mesa de reuniones cuando uno nota que quienes la ocupaban ya no están. No es que uno recuerde y luego constate la ausencia. Es la ausencia la que ordena el recuerdo y le da sentido a lo que permanece.

Las instituciones también tienen esas ausencias. Solemos pensar en ellas como estructuras: normas, procedimientos, etc. Todo eso importa. Sin embargo, hay otra capa, mucho menos visible, que no está escrita en ninguna parte y que tiene que ver con el criterio acumulado en los contextos más difíciles, con las relaciones de confianza que permiten tomar decisiones bajo presión, con la memoria de las crisis que definen lo que es aceptable y lo que no. Ese es un capital institucional que solo se hace evidente cuando falta.

El Perú de hoy, con grado de inversión y acceso a los mercados internacionales, descansa sobre decisiones tomadas en un país muy distinto: un país sin crédito, con urgencias inmediatas, donde la estabilidad no era un dato sino un objetivo muy ambicioso, una meta extraordinariamente exigente. Quienes participaron en ese proceso no solo construyeron reglas; construyeron estándares.

El éxito, paradójicamente, tiende a borrar las condiciones que lo hicieron necesario. Las nuevas generaciones heredan instituciones que funcionan, pero no siempre la memoria de lo que costó que funcionen. Ven sistemas funcionando donde antes hubo fragilidad. Y eso no es un defecto; es una consecuencia natural del propio progreso.

Sin embargo, el mayor riesgo para una sociedad que ha vivido demasiado tiempo en estabilidad es olvidar por qué la necesitaba. No porque ignoremos los datos, sino porque perdemos la intuición de los límites a respetar. Así, lo que antes era impensable vuelve a parecer posible; lo que antes se evitaba por experiencia, ahora se evalúa como si fuera novedad.

No se trata de idealizar el pasado, se trata de entender que las instituciones no solo están hechas de lo que vemos, sino también de lo que falta. En un momento en el que el país vuelve a tomar decisiones relevantes, conviene recordar que no partimos de cero. Lo que hoy parece dado fue, en su momento, improbable. Y lo que hoy se discute como alternativa puede tener costos que no siempre son evidentes para quienes no vivieron sus consecuencias.

Las sillas siguen vacías. Los temas son otros. El contexto distinto. No obstante, hay una continuidad silenciosa que no está en los documentos ni en las cifras. Gracias RAS. Gracias Fricho. Gracias Renzo. Gracias Papapa.

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