Cariñito

En 1979, Cariñito, del grupo peruano Los Hijos del Sol, inició un recorrido que nadie podía anticipar. La que entonces fue una canción de migrantes, de la Lima marginal, de los arenales, terminaría convirtiéndose en uno de los símbolos musicales del Perú. La historia de esa canción y la de Lima tienen mucho en común. Desde los años sesenta y setenta, millones de personas llegaron del campo a una ciudad de clima benigno. Comenzaron con esteras y poco a poco levantaron sus viviendas, abrieron negocios y educaron a sus hijos. Y también trajeron una forma muy particular de mirar el futuro.

La gran migración hacia Lima fue mucho más que un desplazamiento masivo de personas. Quien abandona su tierra y empieza de nuevo está haciendo una apuesta extraordinaria. Cree, esencialmente, que el futuro todavía puede construirse. No todos alcanzarán sus objetivos. No obstante, el simple hecho de emprender ese camino revela la decisión de actuar como si el esfuerzo valiera la pena para cambiar el destino.

Quizá por eso seguimos reconociendo dos grandes maneras de contar nuestras historias. Una pone el acento en las circunstancias que limitan nuestras posibilidades. La otra subraya nuestra capacidad para abrirnos camino cuando existen reglas claras y oportunidades. Una pone el acento en aquello que nos ocurre. La otra, en aquello que podemos hacer con lo que nos ocurre. Ambas describen dimensiones muy reales. Ambas son compatibles. Sin embargo, cada una invita a mirar el futuro de una manera distinta.

La historia de Lima parece haber resuelto esta discusión en los hechos. Décadas de migración fueron moldeando una ciudad donde la educación de los hijos, la vivienda, el emprendimiento, el trabajo y la movilidad social dejaron de ser el anhelo de quienes llegaban a Lima para convertirse en el proyecto compartido de la ciudad.

Algo parecido ocurrió con Cariñito. La canción que alguna vez fue considerada de marginales hoy se escucha en los bares de Barranco y en conciertos multitudinarios como el de Dua Lipa. En la ceremonia inaugural de los Juegos Panamericanos Lima 2019, acompañó el ingreso de la delegación peruana y nos emocionó como símbolo de un país diverso y de una identidad compartida. Ya no representa solamente a quienes llegaron a los arenales. Nos representa a todos.

Tendemos a pensar que las sociedades cambian porque crecen, se modernizan o reciben inversiones. Todo eso importa, qué duda cabe, pero las sociedades también cambian porque adoptan nuevas maneras de interpretar y explicar el mundo. Cada generación transmite, junto con sus costumbres, una forma de entender el éxito, el fracaso, el esfuerzo y la esperanza. Con el tiempo, esas historias terminan siendo tan importantes como la infraestructura física, las carreteras, los colegios o los hospitales.

Lima, al incorporar a millones de migrantes, también logró que fueran precisamente esos millones de migrantes los que terminaron redefiniendo lo que significa ser limeño. La ciudad se parece más a las esperanzas de los que llegaron que a los planos sobre los que fue diseñada. La comida, la música, el lenguaje cotidiano y hasta la forma en que entendemos el progreso tienen la marca de aquella migración. No solo se transformó la geografía urbana, también se transformó la cultura y, con ella, la manera en que la ciudad se imagina a sí misma.

Quizá por eso Cariñito sigue emocionándonos. No solo porque habla de un amor que queremos que nunca nos abandone. También porque nos une y porque terminó poniéndole música a una verdad más profunda: que las sociedades cambian cuando cambian las historias que se cuentan sobre sí mismas. Y pocas historias han sido tan transformadoras como la convicción de que el mañana puede construirse.

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