«Usted perdone», le dijo un pez a otro, «es usted más viejo y con más experiencia que yo y probablemente podrá ayudarme. Dígame: ¿dónde puedo encontrar eso que llaman Océano? He estado buscándolo por todas partes, sin resultado». «El Océano», respondió el viejo pez, «es donde estás ahora mismo». «¿Esto? Pero si esto no es más que agua… Lo que yo busco es el Océano», replicó el joven pez, totalmente decepcionado, mientras se marchaba nadando a buscar en otra parte. La estabilidad macroeconómica se parece al océano en este cuento de Tony de Mello. Es el entorno donde todo ocurre, pero rara vez nos damos cuenta. Solo cuando desaparece notamos su valor.

Durante las últimas décadas, hemos aprendido algo fundamental: sin estabilidad, no hay progreso. No se trata de generar un entorno rígido, sino de generar uno que permita emprender y avanzar. Uno que permita incluir, reducir la pobreza y fortalecer nuestras instituciones. Proteger la estabilidad no significa mantenernos inmóviles. Al contrario, significa cuidar activamente las bases sobre las que se puedan construir reformas duraderas. No se trata de frenar el cambio, sino de preservar una base sólida para habilitarlo. Esa base es la condición para que el largo plazo exista. Proteger la estabilidad exige responsabilidad fiscal, autonomía del banco central y autoridades que piensen en décadas, no en encuestas; y requiere, sobre todo, de una ciudadanía informada que entienda el valor de la estabilidad.
Cuando se pierde la estabilidad, los precios dejan de ser buenas guías, los sueldos empiezan a deteriorarse, el empleo empieza a escasear y los contratos empiezan a incumplirse. El golpe, como siempre, lo reciben con más fuerza quienes menos tienen. El impacto siempre es mayor sobre quienes no pueden cubrirse, diversificarse ni esperar. La economía se hace cada vez menos abstracta para pasar a ser una preocupación creciente, de todos los días, en la cocina, la farmacia y la bodega.
En un contexto global tan interconectado, decisiones tomadas por economías de gran escala y peso sistémico —como la actual reconfiguración de la política comercial de Estados Unidos— generan efectos de gran magnitud en el equilibrio internacional y refuerzan la percepción de un orden comercial con bastante más incertidumbre. Se ha revelado una gama de riesgos no previstos. Pareciera que se está abriendo paso un nuevo entorno de alta volatilidad que resultará especialmente desafiante para los agentes económicos. Las consecuencias pueden, con facilidad, conducir a mayores costos y menor apetito por invertir y por innovar. Las probabilidades de una recesión global han aumentado.
Resulta contradictorio que el país que durante décadas ha liderado y promovido la apertura comercial como vía de prosperidad compartida recurra hoy a instrumentos que recuerdan la vieja estrategia cepalina de sustitución de importaciones: aranceles elevados y selectivos como elementos de presión para relocalizar cadenas productivas. Ha cambiado el contexto, pero no la retórica. América Latina, a pesar de las advertencias, constató en carne propia lo perjudicial de ese camino. Hoy, quien antes advertía los perjuicios del camino empieza a transitarlo. De ancla pasó a originar tormentas.
La buena noticia es que el Perú tiene una economía con fundamentos muy sólidos y pasa por un momento en el que cuenta con buenos márgenes de maniobra. Actuando con prudencia es perfectamente posible superar este tipo de escenarios de alta volatilidad global. Para países pequeños y abiertos como el Perú, la mejor respuesta no es sumarse a la tormenta. Es fortalecer nuestra capacidad de adaptación, diversificar mercados y enfocarnos en elevar nuestra productividad. En un entorno global tan volátil, lo sensato es cuidar la credibilidad, anticipar escenarios y preservar márgenes de maniobra.
Sin embargo, en el Perú, en un año preelectoral, la tentación de adoptar medidas populistas aumenta, sobre todo cuando el contexto internacional se configura adverso. La tentación populista estará muy presente, ofreciendo siempre medidas fáciles, rápidas, sin costos y también muy equivocadas. Como con los cantos de sirena, serán medidas que pueden sonar bien, pero que sabemos que terminan mal. Ya lo vivimos durante la pandemia, una crisis global se superpuso a nuestro proceso electoral y el resultado de las medidas populistas todavía nos afecta.
Se trata de recordar nuestra historia y entender las consecuencias de ignorar las restricciones económicas. La estabilidad y la prudencia no generan aplausos inmediatos, pero su ausencia sí nos puede generar mucho malestar. Quizás por eso, cuando las cosas funcionan, tendemos a pensar que lo hacen solas. Pero la estabilidad no es natural. Hay que sostenerla. Hay que resistir la tentación populista de comprar aplausos con irresponsabilidad. Porque todo lo que queremos construir —inclusión, educación, salud, seguridad, justicia— necesita de ella como el pez necesita del océano, aunque no siempre lo sepa.