«El contacto humano es vital. Una conversación con sus gestos y detalles transmite mucho más que palabras».

Hace dos días se cumplieron 5 años desde que el Gobierno peruano decretó por primera vez el confinamiento total por la pandemia. Algunos navegamos esa tormenta en embarcaciones relativamente seguras, pero muchos la enfrentaron con solamente sus brazos. El distanciamiento social puso en evidencia lo necesario que es para todos nosotros el contacto personal. Entendimos, a golpes, el verdadero valor de un apretón de manos, de un abrazo.
El contacto humano es vital. Una conversación con sus gestos y detalles transmite mucho más que palabras. Una suerte de espejismo nos hace creer que estar en línea equivale a estar cerca, pero la comunicación, como sabemos, tiene muchas dimensiones: es tono de voz, lenguaje corporal, latencias compartidas y sensaciones intercambiadas. No importa lo bien que escribamos, un texto no puede tocar todas las fibras de una conversación real.
Vivimos en una era de hiperconectividad que ha generado una paradoja: estamos más comunicados que nunca y, al mismo tiempo, más solitarios. Esto no sucede solamente en el ámbito social; en el mundo del trabajo ocurre lo mismo. El trabajo remoto y sus reuniones virtuales, catalizados por la pandemia, han demostrado ser herramientas muy eficientes para conectar equipos dispersos. El trabajo remoto es práctico, rápido y muy útil para eliminar costos de traslado y para equilibrar nuestras responsabilidades en el trabajo y el hogar; sin embargo, esa eficiencia tiene un costo que estamos empezando a constatar con mayor claridad: hemos perdido riqueza en la comunicación. A diferencia de las reuniones presenciales, donde es natural captar matices, las videoconferencias generan interacciones mucho más planas y es mucho más fácil distraerse en ellas. Aun así, las videoconferencias son más agotadoras. Es como si prestar atención en una reunión virtual requiriese de un esfuerzo importante de un músculo que no tenemos.
Mientras más operativo sea el tema, más sentido tiene una reunión virtual. Y mientras más estratégico sea el propósito de la reunión, más importante es la presencialidad. No es tan fácil construir lazos de confianza virtualmente. Igualmente, consolidar equipos y, especialmente, construir cultura organizacional requieren de contacto personal. Lo mismo sucede con las negociaciones y las decisiones más complejas: necesitan llevarse a cabo presencialmente. Cuando no se trata solo de discutir números, sino de leer intenciones y construir relaciones, la presencialidad es más que necesaria.
Esto no significa descartar el trabajo remoto; este tiene su lugar, ya que, como hemos señalado, para varios contextos y propósitos es muy eficiente. No obstante, si queremos equipos alineados y culturas sólidas, debemos entender que simplemente no hay manera de hacerlo de forma completamente remota. En un mundo volcado cada vez más a lo digital, debemos revalorar la presencialidad. El reto del liderazgo es saber utilizar el grado de flexibilidad preciso para cada persona, cada equipo, cada circunstancia.