«Los jóvenes de hoy se deben preparar para vivir mucho más allá que sus padres. Significa que las etapas de sus vidas pueden transformarse de manera radical».

Hace más de 60 años la esperanza de vida en el Perú era de aproximadamente 51 años. Hoy esa cifra ha superado los 75 años, acercándose a los 80. En la década de los 60, la tasa de natalidad era de 46 nacimientos por cada mil habitantes, mientras que ahora es de solo 17. En 1960, la mitad de la población peruana tenía menos de 17 años; hoy ese umbral se ha elevado a los 29 años. Este cambio refleja un fenómeno global: estamos experimentando una transición demográfica acelerada. Las tasas de natalidad han caído mientras la esperanza de vida sigue subiendo. Es decir, estamos envejeciendo como sociedad, pero a un ritmo inesperadamente más rápido. Si todo sigue igual, en 2050 la esperanza de vida en el Perú podría alcanzar los 83 años y la mediana de edad podría ser de 36 años. Sin embargo, no todo tiene por qué seguir igual. Al contrario.
La esperanza de vida al nacer es un indicador demográfico que asume que las tasas de mortalidad por edad observadas al momento de la estimación se mantienen constantes. En ese sentido, es resultado de proyecciones conservadoras. Así, si los avances en las ciencias de la salud hacen que cada vez seamos más efectivos controlando las causas de muerte más frecuentes para cada edad y si también mejoran la educación y los estilos de vida, el supuesto de tasas de mortalidad constantes hace que subestimemos la esperanza de vida en el futuro. Tranquilamente, podemos llegar a una esperanza de vida mucho mayor a la que hoy podemos predecir. Es perfectamente posible que superemos la barrera de los 100 años en las próximas décadas, seguramente más pronto que tarde.
¿Qué significa todo esto para nuestra vida cotidiana? Significa que los jóvenes de hoy se deben preparar para vivir mucho más allá que sus padres. Significa que las etapas de sus vidas pueden transformarse de manera radical. La clave está en tomar decisiones bien informadas hoy en cuanto a salud, educación y finanzas. Salud y educación son siempre las inversiones que mejor reditúan. Cuidar y mantener buenos hábitos de salud desde temprano es una primera línea de defensa para evitar costos futuros elevados y para permitir mayores plazos de generación de ingresos. En educación, las capacidades de aprendizaje y de adaptabilidad son críticas hoy, y serán mucho más críticas en un mundo de cambios más acelerados. Educación continua, cambios y reinvenciones serán la norma si es que uno quiere mantenerse activo por mayor tiempo. Vivir más años implica que, muy probablemente, se tendrán múltiples carreras y se realizarán muchos cambios significativos en la vida profesional.
Financieramente, una mayor esperanza de vida implica que uno debe empezar a ahorrar más, a invertir más y desde más temprano. Cuanto antes se empiece, más tiempo ejercerá su poder el interés compuesto. El crecimiento exponencial a cualquier tasa depende de manera fundamental del tiempo, y el tiempo está a favor de los jóvenes. Es cuestión de aprovechar ese poder. Como decía el Quijote: “Confía en el tiempo, que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades”.